«No me sentí traicionado, lo digo ahora. Me sentí peor. Me sentí dejado a un

lado, como se decía entonces. Me sentí, cosa que no se cuenta, muñeco en el rincón, ruedita de reloj que jamás tendrá sitio, bicho que camina hacia ninguna parte por entre las hojas secas, bicho que no me molesta, hoja en la orilla de la piedra, ramita, pedacito de tronco, flor oculta, rama olvidada, pluma de pájaro reseca, piel de culebra que ha mudado, hormiga en extravío, gotas que nadie escucha, pluma que ha dado vueltas en el cielo sin saber donde irá a caer, campana que nadie oye, qué sé yo.
No te hacía culpable. Tú no eras mala. Pero eras lejana. No entendías cómo mi pecho se alzaba como el pecho de los cantantes en las veladas, como el pecho del que no puede dormir y las tías deben traerle el ungüento para las brujas y los pájaros negros lo dejen dormir. Pero quien no dejaba dormir eras tú. Por no mirarme cuando junto a la pila de agua bendita, cuando me subí al altar mayor para apagar las velas, cuando me puse a repicar las campanas como si en cada golpe te diera los pedazos del alma, los trozos del amor como decía una revista que vi yo en la estafeta de correos donde la señorita Herminia, que la ocultaba con mucho pudor, porque en las noches podrían venir los diablos a llevársela en cuerpo, en cuerpo solamente, porque ya el alma la había perdido en prenderle lámparas a los santos y puro rezar.
El asunto, después, consistió en investigar si yo tenía un corazón. El mismo que perdí. ¿ Pero lo perdí cómo, cuándo, en qué condiciones, cuál grado de culpabilidad, qué grado de intención? De hacer memoria, recuerdo que hay una carretera larga, una promesa de cuidad en vez de pueblo, una catedral en lugar de iglesia, unas palomas volando y un carrito de heladero con una campana para que vinieran todos los ángeles del mantecado, la fresa, el chocolate, el durazno y el limón. Más tarde, el parque se volvió lleno de árboles y bancos. Se volvió de parejas. Se puso de color. De gente que se besaba bajo las matas de acacias. Las matas, o la mata, o el tronco seco, donde nos besamos tú y yo.
Pero después, en ese mismo parque, tú andabas vestida de azul, disfrazada de azul, casi parecida a una estrella, casi aquella tarde de la película, casi lo que fuera... y yo te fui a esperar y compré un ramo de astromelias y barquillas que derramaban su helado de tutifruti y me paré en la grama más limpia, desde el lugar del parque donde todo se podía ver, donde tú no me podías olvidar, cargado de flores y regalos, donde no era posible que tus ojos no vieran mis presentes, lo que llamaban ofrendas en los libros, que no vieras mi ilusión y dieras vueltas en los árboles de colores donde me quedé solo para llorar tu amor.
Al pasar mucho tiempo, Dios te trajo a mi destino. Digo yo que Dios porque a quién sino a Dios se le hubiera ocurrido llegar tarde y no pensar de que manera yo te podría querer. Dios se distrae por allí y olvida los amores pobres que uno tiene, mis amores por ti, mi por ti muero y mino puedo vivir sin ti. Dios es olvidadizo o se burla de nosotros. No es para que nos enojemos. Son cosas de Dios. Pero Dios no tenía por qué ser tan pendejo hasta el punto de no saber cómo yo podría quererte. Entonces me puso a sufrir como aquél. ¿Quién sería aquél?... ¿Quién?... ¿Aquiles herido en ese potrero? ¿El muchacho de la historieta tan burlado por su propia espada? ¿Un tal Romeo sin una cuerda para subir a la ventana? ¿Quijano el Bueno con su única carta como bandera? ¡Coño! Todo eso me lo aprendí en la escuela o quisieron enseñármelo y así paso.
Por eso sufrí tanto. O sufrió otro llamado aquél . Ese que sufre en vida la tortura de llorar su propia muerte. O un poeta amigo que yo conocí y decía: ¡ Ay si mi muerte muriera!... Otro que hablaba de un muerto enamorado. Y el viejo Antonio que sentía un golpe de ataúd como algo perfectamente serio. Porque en el antiguo cementerio los muertos están ebrios de lluvia antigua y sucia... Y hay que llorar la propia muerte. Como decía alguien: ¡No quiero la muerte de los médicos! ¡Quiero mi propia muerte!. Y se murió lleno de complicidades con el silencio, como su antepasado, ese que se fue con un Cristo de metal clavado en el corazón, hasta que las putrefacciones lo hicieran más digno.
En otras partes, otras gentes, más campesinas, lloran su propia muerte. Yo las he visto entre pastizales, basuras y zamuros asomarse a los cielos. La muerte propia tiene sus muñecos particulares. Algunos sonríen, porque no tienen miedo. Otros bailan porque la muerte es un compás. Otros se ponen con manos de imploración porque se van al cielo, a cualquier parte, en cuerpo y alma. Los dioses de mi lugar son tan generosos, que no les preguntan a los cadáveres a qué cielo pertenecen. A ellos les da lo mismo la eternidad.

Pero como eres buena vas a salvar mi esperanza con tu amor. No queda más nada. Ponte a fabricar muñecos de papel de periódicos, haz cintas, cose, canta una canción. Si te pones a pasear por el supermercado, mirando las vidrieras, como quien ve y no ve, te vuelves una reina de los cuentos, porque todas las reinas son indiferentes, seguras, no miran hacia ningún lado porque saben que todos las están mirando, sobre todo un idiota como yo, que mide cada centímetro de tu blusa, los empujes de tus senos, así, tan como frutas y después bajo hasta tu falda cortita, hasta tus piernas provocativas, tenues, exhaustivas, singulares, piernas lisas, llameantes, para besarlas en sus pequeños vellos medio rosados, para que hicieran ese gracioso arco en el paso de la registradora, donde cuadraban el balance de las compras y ya tú te ibas para siempre dejándome solitario entre las frutas, los dentríficos, las pastillas de menta, unas hojas de afeitar y el pequeño almanaque de regalo.
Quizás a esta distancia uno no ve mucho porque está ciego en su penar. Asunto de verdades. Porque, ¿quién diablos está claro con tantas lágrimas en los ojos, con tanta neblina sin explicación, con tanto rocío que ha bajado de las nubes para que los pájaros le nieguen la vista, para que los muñecos que representan los muertos, muertos de uno y de otro tiempo, nublaran las tardes y entonces uno no te pudiera ver con alegría porque la pesadumbre era lo propio en ese pueblo como la pesadumbre es lo propio de esta avenida, después del supermercado, con todas las luces encendidas y los autos pasando sin cesar, los autos rojos y amarillos y la luz verde que finalmente los deja pasar para que tú te vayas con tus compras a otro lado de mundo y te pierdas en las pasarelas de los edificios donde ya no se te puede ver porque uno está tan ciego en su penar.
Hay, no nos engañemos, un punto cruel. Habría que ubicarlo en otros límites, allá donde los árboles se vuelven marrones de puro disolverse en hojas, allá donde los edificios no son más edificios sino marchas borrosas que no abrigan a nadie, porque loa afiches y las rayas de tizne y los escritos insolentes no les permiten una vida independiente y además casi todos los locos desmesurados del barrio depositan allí sus orines, ponen sus meaos tiernamente en las paredes laterales mientras los bichitos y las hormigas marcan su caminata interminable, su ejecución patriótica en torno a la edificación, su silencio y su llanto nocturno que las asociaciones de vecinos jamás podrán ver ni sentir porque el viento de la noche se les escapa como un pájaro extraviado o un mendigo que recoge pedazos de cartón en la hora más solitaria donde a veces se escucha un grito cruel. ¿Por qué cruel? Porque el odio es el punto muerto de las almas, es la tumba que cavamos desde niños, aquella tarde de la escuela y de la plaza, el desencuentro, el no habernos tropezado en la ciudad radiosa, porque en el pueblo y la ciudad, si tú no apareces, como no apareciste aquella vez, si no apareces como deberías aparecer ahora, todo se convierte en un tumba horrenda del amor, se pierde la ilusión, y se maldice, porque uno se ha quedao sin corazón.»
Cuento de Adriano González LeónPor Manuel Ferreira